Después de dieciocho años, los recuerdos de mi infancia emergen sobre la luz de mi conciencia un poco confusos. Recuerdo mi primer día en la escuela entre el umbral de mis alegrías y nostalgias; pensaba que en aquel lugar aprendería muchas cosas, entre ellas a hacer castillos de arena y a relacionarme con los demás niños de mi edad.
Sin embargo, mi corazón se contristaba al saber que tenía que separarme de mis padres, así que apretaba fuertemente las manos de mi papá y lo miraba fijamente a los ojos indicándole que se quedara conmigo y que juntos aprendiéramos a reconocer los números y las vocales. Esto no fue posible, pues a la semana de clases, ya debía ir sola como una grandecita a la escuela. Al principio fue doloroso, pero la mirada tierna de Rosita, mi profesora y el juego de colores de los payasos, los gusanos, los pulpos y hasta las vocales con manos y pies, consolaban aquellos momentos trilces.
Antes de entrar a clases, mi madre me había enseñado a coger el lápiz, a reconocer las vocales, algunos números y a distinguir entre una gama de colores, que muchas veces parecía que me los enseñaba repetidos.
Pasé mucho tiempo pintando colombinas y manzanas en mis cuadernos, antes que me enseñaran las lecciones de mi mamá me ama o mi mamá me mima en la cartilla de Nacho. Mi atención en esos días, estaba en aprender a descifrar las letras y ponerlas a danzar unas con otras para construir muchas combinaciones de palabras, con las cuales me identificaba.
Sin embargo, la profesora, me quitaba las energías poniéndome a transcribir una y otra vez, las lecciones de la cartilla guía. Se preocupaba mucho, para que aprendiera a “leer” fluido, a soltar la lengua; sólo que, con los trabalenguas menos lo lograba. Con ese compadre cómpreme un coco, nunca me llevé bien. Prefería mejor las adivinanzas, que se convertían en oportunidades esporádicas para deslumbrar a mis papás, aunque la mayoría de veces eran muy obvias y terminaban ellos enseñándome otras.
Estos fueron mis primeros pinitos en el aprendizaje del descifrar, cualquier bolsa de azúcar o avisos en la tiendas, eran motivos para descargar la fiebre de mi nueva experiencia. Seis meses fueron suficientes para lograr estos resultados, que en su momento eran la fascinación de mis padres y la mía.
El tiempo transcurría y aquella pasión por “leer,” se había perdido en un abrir y cerrar de ojos. Las extenuantes preguntas que debía responder al final de las lecturas en clase, me debilitaban el entusiasmo de mis lecturas extras en casa.
Ahora, eran los cuentos de los hermanos Grimm, Saylor moon y supercampeones que ocupaban mis tiempos libres. Seguía yendo a la escuela y el placer que me ofrecían en antaño las adivinanzas, se había trasladado a la simple rutina de aprenderme las reglas de ortografía, de saber diferenciar las palabras cuando eran agudas o esdrújulas para aplicarles la norma. Después de mucho tiempo, tuve en mis manos el libro de “Platero y yo”. Recuerdo que buscaba con esmero los ojos de azabache en las ilustraciones.
Ya casi terminaba mi ciclo de primaria y yo no había producido ninguna clase de escritos, salvo las experiencias vividas de todos los días que se inmortalizaban en mi diario desde los nueve años y una narración disfrazada de cuento en las que combinaba la fantasía d las historias de los hermanos Grimm con la realidad de aquellas hojas escritas en las cuales la sinceridad desnudaba mi alma.
De allí en adelante, tuve que hacer muchos escritos sin pies ni cabeza, al que se le llamaban con orgullo ensayos. Ese zancocho de palabras revestidos de tecnicismos, sin esqueleto alguno, se convertía en la figura triste y distorsionada de lo que había propuesto alguna vez, Miguel de Montaigne. Sin embargo, aquel collage de letras, lejos de un significado real y tangible de mis propias ideas, se llevaba el aplauso de los demás escritos.
La estancia en el colegio empezaba a marchitarse y hasta entonces descubrí en la biblioteca, entre los innumerables de anaqueles llenos de cartillas guías de todas las áreas, un grupo selecto de obras que empezarían a diluirse en mis labios con la impotencia de no poder saborear la esencia de cada una de ellas.
A estas alturas muy poco sabía de aprender a leer o de analizar una obra. Entre ellas estuvieron: “El coronel no tiene quien le escriba” cierto era, en ese entonces nada sabía de la importancia del hábito de escribir; “Amalia,” “María,” “No nacimos pa’ semilla,” “La gitanilla,” “Pedro páramo,” “Memoria de mis putas tristes,” “El túnel” y uno que otro cuento de García Márquez y Tomás Carrasquilla. En conjunto comentábamos someramente y con la complicidad de la ignorancia, las obras de “La rebelión de las ratas,” “Tragicomedia de Calisto y Melibea” o mejor conocida “La Celestina” “Ana Karenina” y hasta “El cantar del Mío Cid”.
Con esta última obra, se esterilizaron por un tiempo, las ilusiones de leer. Poco sabía del contexto de la literatura medieval española, ni mucho menos, entendía aquel español arcaico, resultado de un proceso histórico, social y cultural en la península ibérica. Distante estaba en entender aquellas hazañas gloriosas del Cid Rodrigo Díaz de Vivar. Sentía que los intentos de lo leído, eran en vanos.
Dedicamos varias horas, a hacer el hazme reír en la declamación de poemas, como si el enunciarlos con aquellas voces desafinadas pudiésemos entender, aquel danzar de palabras que revestía al unísono la armonía de la poesía de Bécquer o de Neruda. Era más importante, ahogar el tiempo, en la búsqueda de la métrica y la rima que buscar la esencia de aquel arte que purificaba el lenguaje hasta su más alta expresión.
Los días del idioma en el colegio Santo Ángel, estaban coloreados de prodigios. Se presentaban obras, en las cuales los personajes se lucían sin tener la mínima idea de qué se trataba la obra escrita. “Romeo y Julieta,” “Crónica de una muerte anunciada” Y “Don Quijote de la Mancha,” son una pequeña muestra de este ejemplo.
A pesar de estas disonancias, el colegio se las arreglaba para quedar en los primeros lugares del ICFES a nivel de provincia y departamento.
Pese a todo esto, yo creía con la fe ciega que tenía consolidado el hábito de leer y las suficientes bases de lectura para emprender la carrera de literatura en la universidad. Pero, el tiempo se encargó de demostrar lo contrario. Las falencias de los métodos de enseñanza en mi colegio, empezaban a hacer grietas en el nuevo ciclo de educación superior.
Ahora, lo preocupante es que esto en la educación no ha cambiado mucho. Hoy, después de dieciocho años, la profesora Rosita, sigue en el mismo lugar “enseñándole” a mi hermanita a repetir hasta el cansancio las misma lecciones de la cartilla de Nacho.