domingo, 20 de septiembre de 2009
Confesiones de mi maestra
Cada vez que la recuerdo, aparece en mis pensamientos su imagen diáfana con esa sonrisa tierna y juguetona inspiradora de confianza. Sus talentos y virtudes la hacen una persona valiosa y muy fácil de querer.
Me he demorado más del tiemplo planeado en mi rutina de fin de semana, pero aún no era medio día, así que aproveché para llamarla. Su voz extrañada me saludaba, pero su mente lúcida empezaba a recordarme y una muestro de ello, fue pronunciar mi nombre con nitidez y entusiasmo. Después de hablar un rato, concretamos una cita para hablar vía internet; así que estuve ansiosa todo ese tiempo hasta por la noche para poder hablar con ella.
Es muy emocionante, poder volver hablar con alguien, a quien se aprecia mucho y que por razones circunstanciales se ha perdido todo contacto.
Aquel pueblo de clima agradable, (El Carmen N.S.) con infraestructura colonial, peculiar por sus calles empedradas y su gente cálida vio nacer el 18 de julio de 1966 a Olga Cecilia Julio, quien fuese una de las personas que me enseñaron a amar la literatura. Me confesaba desde el otro lado de la pantalla, que su profesión había sido fácil decidirla, pues desde siempre ese había sido su sueño, ser educadora. Terminó su bachillerato en 1984 y en 1985 la nombraron como inspectora de policía y maestra, las dos funciones por el mismo sueldo. Al año siguiente, se matriculó en la universidad Santo Tomás a distancia en Bogotá y en 1992 se graduó como licenciada en filosofía y letras.
Empezó a ejercer su profesión en la vereda La Estrella, cerca al municipio del Carmen, donde laboró por cinco años hasta 1990. Luego, le salió un contrato para el colegio Santo Ángel, donde reside actualmente.
Sus primeros pinitos de educadora fueron muy enriquecedores; en La Estrella, encontró un grupo de niños encantadores, con los cuales integraban las actividades escolares con las deportivas, hacían programaciones culturales que eran admiradas por las autoridades representativas como el alcalde, el sacerdote, personajes de salud y veredas circunvecinas, por la calidad de los actos que presentaban. También, junto con la comunidad hizo obras sociales, como por ejemplo hacerle una casa a un anciano abandonado. Ella no sólo era la profesora, sino también la peluquera, la enfermera, la sicóloga, la actriz, la consejera y hasta de segunda mamá le tocaba ser. En esa vereda tuvo la oportunidad de escribir canciones, obras de teatro, poesías, retahílas, coplas, aun lo hace, pero fue allá donde le dio rienda suelta a su imaginación.
Piensa que lo más difícil de su profesión es que a veces espera tanto de sus estudiantes, porque considera que les da las herramientas suficientes, pero no responden. Es celosa con sus áreas y quisiera que fueran las mejores, pero a veces los resultados no son los esperados.
En las antiguas generaciones veía más compromiso y deseos de aprender, quizá porque el estudio llenaba los ratos de ocio, ahora los jóvenes viven distraídos, pendientes del celular y los videojuegos. Se distraen mucho y no se les puede llamar la atención porque entonces se es amargado. Ahora hay más rebeldía, le preocupa que muchos estudiantes no tienen un proyecto de vida, son muy pocos los que se van a estudiar. Me decía en sus reflexiones que se ven muchos hogares desintegrados, mucha pobreza y la violencia ha dejado secuelas graves en algunos estudiantes, pues han sido víctimas de ello.
La profesora Olga, ha buscado en el acto de escribir una estrategia para que sus estudiantes desahoguen todo lo que sienten y piensan. En la crónica, muchos estudiantes dejan plasmado todos los golpes y sin sabores que la violencia les ha dejado. Incluso, les ha inculcado que esta es una manera sana e inteligente para vengarse del pasado. No dejando impune, el terror de la violencia. Así como un día, no dejó impune Gabriel García Márquez en Cien Años de Soledad la masacre de las bananeras o las guerras civiles, que padeció nuestro País.
Son las 9:30 de la noche y aun la profesora me sigue contando su experiencia como educadora. Me ha dicho que lo mejor de su profesión, es recibir la satisfacción que le da al saber que muchos de sus estudiantes se hacen profesionales y reconocen que por sus vidas pasaron los maestros y les aportaron en sus logros de formación. Por otra parte, también me confiesa que lamenta mucho cuando ve a estudiantes que fueron excelentes académicamente, pero que por los medios económicos no les permite proyectarse y explotar su potencial intelectual.
Queridos lectores, son las 10:00 de la noche y en el otro lado de la pantalla o mejor dicho a seis horas de aquí de Bucaramanga, ha comenzado a caer un torrencial aguacero, acompañado de truenos y la profesora ha decidido desconectarse para prevenir posteriores daños con su computadora, pero no se ha ido sin antes decirme que piensa participar con algunos estudiantes en el concurso de cuentos, por el portal de Colombia aprende; también hacer junto con ellos, un libro de crónicas, además aspira a publicar su novela “Memorias sobre un alcalde en potencia”. La profesora se ha desconectado y ahora me he quedado en silencio, pienso que cualquiera por el azar no puede ser profesor. Se debe llevar en la sangre la pasión, la vocación y en la cabeza el talento, el conocimiento suficiente para saber dejar en alto el valor de lo que es ser educador.
jueves, 17 de septiembre de 2009
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