lunes, 24 de agosto de 2009

Una tarde en el parque

Era un domingo, tres de la tarde y el sol se dejaba sentir con todas sus fuerzas. Pensaba en mi habitación, mirando a través de la ventana a qué lugar podría ir donde hubiese multitud. Seguramente, hoy todos están en sus casas acortejando a ese ser hermoso que durante nueve meses nos aportó las mejores condiciones de vida para formarnos. Sin embargo, creo que no todas estarán en sus hogares, a lo mejor el lugar de festejo, sería recrear la vista en un parque. Así, que decidí desplazarme hacia el más cercano.



En veinte minutos ya estaba frente a las canchas de micro en el parque de los niños. Por un momento, desplacé mi mirada hacia las personas que me rodeaban. Empecé a mirarlas con lupa y atrajo mi atención aquella mujer con apariencia de veinticinco años, alta, delgada, de piel blanca, cabello castaño, de ojos claros, pero muy apagados, quien se encontraba meciendo a su bebé de un lado para otro sin cansarse. Mientras arrullaba a su hija, de no más de nueve meses, le hacía preguntas a la vendedora de obleas como por distraerse. Preguntas como cuánto vale, ¿le echa mora? Ah y ¿también queso?... Un silencio la intimidaba y luego decía ah, bueno gracias. Su mirada se perdía entre la infinidad de hojas de los árboles, el jugueteo de los niños, los rostros resignados de los ancianos, el ruido de los carros de conos, de raspao, de las bicicletas y patines.



Tal vez, aquel era uno de esos días, donde había mucha gente y sin embargo, se sentía sola; muchas sonrisas, pero ninguna le pertenecía; muchas miradas, pero ninguna podía ver más allá de lo que su rostro reflejaba. Minutos después, se dirigía con su bebé hacia la plazoleta, donde yace la estatua de José Antonio Galán; lentamente, como queriendo matar el tiempo o quizás era el tiempo que la mataba, daba vueltas una y otra vez, seguramente hasta emborracharme o mejor dicho hasta emborracharse. De pronto, el cielo abría sus puertas y dejó caer por unos minutos fugaces, un rocío suave que provocó la alerta de resguardo de aquella mujer. Salió desesperadamente, como quien huye de un peligro próximo hacia un árbol frondoso, pero se dio cuenta que su problema estaba solucionado momentáneamente al sacar su paraguas que venía guardada en la parte trasera del coche, junto con el equipaje de la bebé. Tuvo la intención de marcharse, pero apenas vio que aquella lluvia era pasajera regresó al mismo lugar de antes. A lo mejor, no había mucha prisa de regresar a casa, nadie la estaría esperando con una comida especial, una fiesta sorpresa o en su defecto un pequeño detalle. Ahora, estaba sentada en una banca en la plazoleta, acariciando con una intensidad a su hija como queriendo inmortalizar aquellos momentos.

Mientras tanto, los demás seguían en su cuento: los vendedores aprovechan su cuarto de hora, los jóvenes engordan vista, los niños juegan a ser libres, corren y gritan sin prejuicios; las parejas exploran su intimidad y se les olvida que alguien los observa, los ancianos se dejan guiar por sus perros y yo… Yo los observo, sin saber, si alguien estará haciendo ahora lo mismo conmigo.

Por último, concentré mi mirada en aquel hombre cuarentón de rostro delgado, que traía a su padre posiblemente, a pasear en su silla de ruedas; lo ubicó, de tal manera que pudiese observar toda la panorámica del parque. Callados se hacían cómplices de aquella compañía por conveniencia. Quince minutos no más, y aquel recreo de vista se había acabado para ellos. El anciano, seguramente volvería a su lugar de encierro: cuatro paredes que engendran la soledad y ciegan la oportunidad de un poco de aire libre. La mujer de los ojos claros, pero apagados ya se había ido, quizás porque el sol empezaba a esconder su rostro y ahora era necesario que la noche la cogiese en casa.

Así fue, un domingo en la tarde en el parque, de no ser porque una que otra mamá llevaba rosas, hubiese sido un domingo igual que otro.

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