lunes, 24 de agosto de 2009

Hora y media en la cafetería central

Será posible tener la mente en blanco en un lugar donde está concurrido por tantas voces y hay tanto que ver y analizar. Por primera vez, hoy veintiuno de agosto de dos mil nueve, después de tener tres años aproximadamente en la universidad, estoy sentada en la cafetería central de la UIS. Esta fecha es memorable, pues no he venido a este lugar por motivos comunes como los demás: comer, fumar, hablar o descansar sino por hacer las veces de supervisora. Yo soy en estos momentos el ojo escrutiñador de sus comportamientos, gestos, miradas, formas de reír y de hablar.

Me pregunto que pensarían ellos si se dieran cuenta que los estoy observando; quizás ya no se reirían con la misma naturalidad estrepitosa en que lo suelen hacer.

Lo interesante de observarlos, es poder pensar que detrás de esas sonrisas se esconde un estilo de vida, muchos sueños gestándose o de pronto muchos sueños frustrados. Son las 11:10 de la mañana y la mayoría comen y hablan, no les entiendo nada, pero gracias a un sorbo de gaseosa les escucho: trajo el informe de laboratorio, cómo le fue en el parcial, ya son las 11: 20 espérenme. Ahora, cuando muchos han terminado sus onces, hablan un poco y se ríen el doble. Esta es la manera como se desestresan de una jornada extenuante.

A mi derecha, hay un grupo de cuatro muchachos que oscilan entre los veinte y veintidós años; después de echar chistes y de carcajear un rato, es tiempo de aconsejar. El payaso del grupo, le dice a su compañero: eso, no se amarre, termínela y cuádrese con la otra, o sino quédese con las dos. Se escuchan voces en contra y a favor del asunto; otros le dicen: No le haga daño, sea sincero. En fin, estos jóvenes dueños de sus vidas siguen filosofando, como suele decir el payaso.

Ahora, son las 11:30 de la mañana y la cafetería está relativamente sola y el ojo central que los observaba se ha cerrado. En otra oportunidad se abrirá para disfrutar de este espectáculo.


Añoranza

Desde niña he tenido una fijación por visualizar los paisajes que me ofrece la naturaleza; el correr en contravía del viento, sentir la suavidad del aire que desintoxica mis pulmones, mirar la profundidad del horizonte de las montañas, sorprenderme con diversidad de colores, sonidos y olores, ha sido mi deleite. Hoy, cuando escucho la canción andina “El cóndor pasa” del compositor Daniel Alomía Robles, no puedo más que revivir con frenética alegría, esa añoranza de mis antepasados, de mis abuelos, de mis mejores años de infancia.

Es inevitable que esta melodía al compás de las zampoñas, las quenas, la ocarina, el palo de agua entre otros instrumentos de la música andina, me evoquen la magia que encerraba aquel lugar donde vivieron mis abuelos; bastaba escuchar las canciones indecibles de las incontables especies de pájaros, el mugir de las vacas, los sonidos alagadores de los pavos reales, de los patos, las gallinetas y hasta las injustificadas fiestas de perros y gatos. Allí, el aire danzaba con tanta naturalidad que ponía a bailar todos los árboles frutales de los alrededores. Era hermoso, correr por los cafetales y las matas de cacao a pie descalzo; sentir esa libertad y esa paz, pero no una paz bajo presión, no como el mundo la da, negociada por intereses, sino una paz que viene desde alma, consigo mismo.

Esta melodía del cóndor me transporta a las noches de luna llena, en la cual mis abuelos o papás resucitaban en sus bocas las leyendas más fascinantes o los cuentos de hadas, de brujas y de tesoros escondidos.
Definitivamente, son diversas sensaciones las que me produce disfrutar del “Cóndor pasa” desde auditivas, olfativas, visuales, hasta táctiles. No puedo dejar de pensar en gente que se respeta, que se valora el uno al otro; niños que corren a pie descalzo sin temor a quedar marcados por una mina anti persona, abuelos que se le es devuelta la sonrisa, en fin esa es la añoranza de libertad y tranquilidad que me hacer sentir esta canción, así como el cóndor que se siente libre, dueño de sí mismo y que va de un lado para otro, dominando los aires.

Una tarde en el parque

Era un domingo, tres de la tarde y el sol se dejaba sentir con todas sus fuerzas. Pensaba en mi habitación, mirando a través de la ventana a qué lugar podría ir donde hubiese multitud. Seguramente, hoy todos están en sus casas acortejando a ese ser hermoso que durante nueve meses nos aportó las mejores condiciones de vida para formarnos. Sin embargo, creo que no todas estarán en sus hogares, a lo mejor el lugar de festejo, sería recrear la vista en un parque. Así, que decidí desplazarme hacia el más cercano.



En veinte minutos ya estaba frente a las canchas de micro en el parque de los niños. Por un momento, desplacé mi mirada hacia las personas que me rodeaban. Empecé a mirarlas con lupa y atrajo mi atención aquella mujer con apariencia de veinticinco años, alta, delgada, de piel blanca, cabello castaño, de ojos claros, pero muy apagados, quien se encontraba meciendo a su bebé de un lado para otro sin cansarse. Mientras arrullaba a su hija, de no más de nueve meses, le hacía preguntas a la vendedora de obleas como por distraerse. Preguntas como cuánto vale, ¿le echa mora? Ah y ¿también queso?... Un silencio la intimidaba y luego decía ah, bueno gracias. Su mirada se perdía entre la infinidad de hojas de los árboles, el jugueteo de los niños, los rostros resignados de los ancianos, el ruido de los carros de conos, de raspao, de las bicicletas y patines.



Tal vez, aquel era uno de esos días, donde había mucha gente y sin embargo, se sentía sola; muchas sonrisas, pero ninguna le pertenecía; muchas miradas, pero ninguna podía ver más allá de lo que su rostro reflejaba. Minutos después, se dirigía con su bebé hacia la plazoleta, donde yace la estatua de José Antonio Galán; lentamente, como queriendo matar el tiempo o quizás era el tiempo que la mataba, daba vueltas una y otra vez, seguramente hasta emborracharme o mejor dicho hasta emborracharse. De pronto, el cielo abría sus puertas y dejó caer por unos minutos fugaces, un rocío suave que provocó la alerta de resguardo de aquella mujer. Salió desesperadamente, como quien huye de un peligro próximo hacia un árbol frondoso, pero se dio cuenta que su problema estaba solucionado momentáneamente al sacar su paraguas que venía guardada en la parte trasera del coche, junto con el equipaje de la bebé. Tuvo la intención de marcharse, pero apenas vio que aquella lluvia era pasajera regresó al mismo lugar de antes. A lo mejor, no había mucha prisa de regresar a casa, nadie la estaría esperando con una comida especial, una fiesta sorpresa o en su defecto un pequeño detalle. Ahora, estaba sentada en una banca en la plazoleta, acariciando con una intensidad a su hija como queriendo inmortalizar aquellos momentos.

Mientras tanto, los demás seguían en su cuento: los vendedores aprovechan su cuarto de hora, los jóvenes engordan vista, los niños juegan a ser libres, corren y gritan sin prejuicios; las parejas exploran su intimidad y se les olvida que alguien los observa, los ancianos se dejan guiar por sus perros y yo… Yo los observo, sin saber, si alguien estará haciendo ahora lo mismo conmigo.

Por último, concentré mi mirada en aquel hombre cuarentón de rostro delgado, que traía a su padre posiblemente, a pasear en su silla de ruedas; lo ubicó, de tal manera que pudiese observar toda la panorámica del parque. Callados se hacían cómplices de aquella compañía por conveniencia. Quince minutos no más, y aquel recreo de vista se había acabado para ellos. El anciano, seguramente volvería a su lugar de encierro: cuatro paredes que engendran la soledad y ciegan la oportunidad de un poco de aire libre. La mujer de los ojos claros, pero apagados ya se había ido, quizás porque el sol empezaba a esconder su rostro y ahora era necesario que la noche la cogiese en casa.

Así fue, un domingo en la tarde en el parque, de no ser porque una que otra mamá llevaba rosas, hubiese sido un domingo igual que otro.

La alforja de mis vivencias




Después de dieciocho años, los recuerdos de mi infancia emergen sobre la luz de mi conciencia un poco confusos. Recuerdo mi primer día en la escuela entre el umbral de mis alegrías y nostalgias; pensaba que en aquel lugar aprendería muchas cosas, entre ellas a hacer castillos de arena y a relacionarme con los demás niños de mi edad.


Sin embargo, mi corazón se contristaba al saber que tenía que separarme de mis padres, así que apretaba fuertemente las manos de mi papá y lo miraba fijamente a los ojos indicándole que se quedara conmigo y que juntos aprendiéramos a reconocer los números y las vocales. Esto no fue posible, pues a la semana de clases, ya debía ir sola como una grandecita a la escuela. Al principio fue doloroso, pero la mirada tierna de Rosita, mi profesora y el juego de colores de los payasos, los gusanos, los pulpos y hasta las vocales con manos y pies, consolaban aquellos momentos trilces.

Antes de entrar a clases, mi madre me había enseñado a coger el lápiz, a reconocer las vocales, algunos números y a distinguir entre una gama de colores, que muchas veces parecía que me los enseñaba repetidos.

Pasé mucho tiempo pintando colombinas y manzanas en mis cuadernos, antes que me enseñaran las lecciones de mi mamá me ama o mi mamá me mima en la cartilla de Nacho. Mi atención en esos días, estaba en aprender a descifrar las letras y ponerlas a danzar unas con otras para construir muchas combinaciones de palabras, con las cuales me identificaba.

Sin embargo, la profesora, me quitaba las energías poniéndome a transcribir una y otra vez, las lecciones de la cartilla guía. Se preocupaba mucho, para que aprendiera a “leer” fluido, a soltar la lengua; sólo que, con los trabalenguas menos lo lograba. Con ese compadre cómpreme un coco, nunca me llevé bien. Prefería mejor las adivinanzas, que se convertían en oportunidades esporádicas para deslumbrar a mis papás, aunque la mayoría de veces eran muy obvias y terminaban ellos enseñándome otras.

Estos fueron mis primeros pinitos en el aprendizaje del descifrar, cualquier bolsa de azúcar o avisos en la tiendas, eran motivos para descargar la fiebre de mi nueva experiencia. Seis meses fueron suficientes para lograr estos resultados, que en su momento eran la fascinación de mis padres y la mía.

El tiempo transcurría y aquella pasión por “leer,” se había perdido en un abrir y cerrar de ojos. Las extenuantes preguntas que debía responder al final de las lecturas en clase, me debilitaban el entusiasmo de mis lecturas extras en casa.

Ahora, eran los cuentos de los hermanos Grimm, Saylor moon y supercampeones que ocupaban mis tiempos libres. Seguía yendo a la escuela y el placer que me ofrecían en antaño las adivinanzas, se había trasladado a la simple rutina de aprenderme las reglas de ortografía, de saber diferenciar las palabras cuando eran agudas o esdrújulas para aplicarles la norma. Después de mucho tiempo, tuve en mis manos el libro de “Platero y yo”. Recuerdo que buscaba con esmero los ojos de azabache en las ilustraciones.

Ya casi terminaba mi ciclo de primaria y yo no había producido ninguna clase de escritos, salvo las experiencias vividas de todos los días que se inmortalizaban en mi diario desde los nueve años y una narración disfrazada de cuento en las que combinaba la fantasía d las historias de los hermanos Grimm con la realidad de aquellas hojas escritas en las cuales la sinceridad desnudaba mi alma.

De allí en adelante, tuve que hacer muchos escritos sin pies ni cabeza, al que se le llamaban con orgullo ensayos. Ese zancocho de palabras revestidos de tecnicismos, sin esqueleto alguno, se convertía en la figura triste y distorsionada de lo que había propuesto alguna vez, Miguel de Montaigne. Sin embargo, aquel collage de letras, lejos de un significado real y tangible de mis propias ideas, se llevaba el aplauso de los demás escritos.

La estancia en el colegio empezaba a marchitarse y hasta entonces descubrí en la biblioteca, entre los innumerables de anaqueles llenos de cartillas guías de todas las áreas, un grupo selecto de obras que empezarían a diluirse en mis labios con la impotencia de no poder saborear la esencia de cada una de ellas.

A estas alturas muy poco sabía de aprender a leer o de analizar una obra. Entre ellas estuvieron: “El coronel no tiene quien le escriba” cierto era, en ese entonces nada sabía de la importancia del hábito de escribir; “Amalia,” “María,” “No nacimos pa’ semilla,” “La gitanilla,” “Pedro páramo,” “Memoria de mis putas tristes,” “El túnel” y uno que otro cuento de García Márquez y Tomás Carrasquilla. En conjunto comentábamos someramente y con la complicidad de la ignorancia, las obras de “La rebelión de las ratas,” “Tragicomedia de Calisto y Melibea” o mejor conocida “La Celestina” “Ana Karenina” y hasta “El cantar del Mío Cid”.

Con esta última obra, se esterilizaron por un tiempo, las ilusiones de leer. Poco sabía del contexto de la literatura medieval española, ni mucho menos, entendía aquel español arcaico, resultado de un proceso histórico, social y cultural en la península ibérica. Distante estaba en entender aquellas hazañas gloriosas del Cid Rodrigo Díaz de Vivar. Sentía que los intentos de lo leído, eran en vanos.

Dedicamos varias horas, a hacer el hazme reír en la declamación de poemas, como si el enunciarlos con aquellas voces desafinadas pudiésemos entender, aquel danzar de palabras que revestía al unísono la armonía de la poesía de Bécquer o de Neruda. Era más importante, ahogar el tiempo, en la búsqueda de la métrica y la rima que buscar la esencia de aquel arte que purificaba el lenguaje hasta su más alta expresión.

Los días del idioma en el colegio Santo Ángel, estaban coloreados de prodigios. Se presentaban obras, en las cuales los personajes se lucían sin tener la mínima idea de qué se trataba la obra escrita. “Romeo y Julieta,” “Crónica de una muerte anunciada” Y “Don Quijote de la Mancha,” son una pequeña muestra de este ejemplo.

A pesar de estas disonancias, el colegio se las arreglaba para quedar en los primeros lugares del ICFES a nivel de provincia y departamento.

Pese a todo esto, yo creía con la fe ciega que tenía consolidado el hábito de leer y las suficientes bases de lectura para emprender la carrera de literatura en la universidad. Pero, el tiempo se encargó de demostrar lo contrario. Las falencias de los métodos de enseñanza en mi colegio, empezaban a hacer grietas en el nuevo ciclo de educación superior.

Ahora, lo preocupante es que esto en la educación no ha cambiado mucho. Hoy, después de dieciocho años, la profesora Rosita, sigue en el mismo lugar “enseñándole” a mi hermanita a repetir hasta el cansancio las misma lecciones de la cartilla de Nacho.